Las tres muertes de Mariel
- Ezequiel Bramajo

- 14 ene
- 10 Min. de lectura

Conocí a Mariel casi sin quererlo, una madrugada en la playa desierta, caminando entre pensamientos que iban y venían. Apareció detrás de una cortina de bruma con la vista perdida en el frágil e inmenso horizonte. El mar estaba calmo, casi inmóvil, y la arena se extendía vacía, sin juegos, sin voces, sin risas. El viento barría la espuma de la orilla y los restos del día. Todo estaba allí, pero en retirada.
En ese paisaje abierto y silencioso comprendí —sin poder formularlo todavía— que no todo silencio es vacío. Hay silencios llenos de presencia, como el rumor constante del agua; y hay otros que señalan una ausencia, como si algo esencial se hubiera ido y dejara apenas su contorno. Algunos silencios sostienen; otros, en cambio, marcan falta. Aún no lo sabía, pero aquella playa no estaba hecha solo de calma, sino también de lo que ya no estaba: de voces que se habían callado, de cuerpos que se habían ido, de palabras que llevaban tiempo sin encontrar la orilla.
Mirado a la distancia parece una ironía: aquella madrugada consagrada a la amplitud, a la presencia abierta del mar, fue para mí el reconocimiento de una historia hecha de ausencias. Porque esta historia trata precisamente de eso: de lo que falta, de lo que se retira, de lo que deja huellas donde antes había cuerpos y voces, de los huecos que persisten aun cuando el paisaje parece pleno.
La semana en que la conocí coincidió también con el día de los muertos. Una fijación que Mariel apreciaba como símbolo de su propia existencia. Mariel adoraba la ritualidad de la muerte: las fechas, las velas, los silencios, el orden casi administrativo del duelo y, principalmente, su retórica sacramental y su simbólica estética. Probablemente esa devoción fuera su gran obsesión. Entendía a la muerte como una forma de organización del mundo, una gramática que le permitía nombrar lo que no sabría decir de otro modo.
Sus tres intentos de suicidio no lograron apagar esa obsesión; más bien parecieron reforzarla. Pero ¿cómo es posible que eso sucediese? Fallar una vez puede ser atribuido al azar; fallar dos, a la duda; fallar tres veces un gesto tan definitivo como intentar quitarse la vida abre inexorablemente la pregunta por sus posibilidades lógicas ¿Cuántas veces es posible fallar?
Queda abierto el interrogante sobre las verdaderas motivaciones de los intentos de Mariel. Lo cierto es que lo poco que puede conocer de su historia coincidía con la necesidad de privación. Porque la muerte es eso, privación, ausencia, retiro total. Y la historia de Mariel estaba cargada de ausencia, soledad y abandono. Quizás por eso Mariel parecía rodearse de la muerte como quien se rodea de objetos familiares, como si en esa idea de privación encontrara una forma de pertenencia.
Fue a partir de esta experiencia que me pregunté sobre la posibilidad de la muerte. Mejor dicho, sobre la posibilidad de mantenernos vivos en los intentos de suicidio. Y fue justo en ese punto donde apareció la idea de vivir muriendo. ¿Es posible vivir muriendo?¿Es posible vivir sin morir? La historia de Mariel es una excusa para pensar aquello que considero los verdaderos suicidios: no los que interrumpen la vida de una vez y para siempre, sino los que se repiten en silencio, a diario, cada vez que nos negamos a nosotros mismos. Porque al final del día esa es la peor de las tragedias, mantenernos vivos imposibilitados de concretar nuestros deseos.
Quizás morimos, una y otra vez, no cuando algo se pierde, sino cuando dejamos de intentar liberarnos de aquello que nos ata. Cuando el dolor deja de ser experiencia para convertirse en identidad. Cuando el silencio ya no abre preguntas, sino que las clausura. Y es allí, en esa fidelidad a lo que duele, donde la vida se va apagando lentamente, sin escándalo ni violencia.
La consulta no tenía nada de extraordinario. Un espacio neutro, deliberadamente sobrio, como si cualquier rasgo personal pudiera perturbar la reiterada escena. Mariel llegaba siempre unos minutos antes. Se sentaba sin apuro, acomodaba el cuerpo con precisión casi ritual, como quien se dispone a sostener una liturgia.
No llegaba con una necesidad clara. No traía una urgencia, sino una constancia. La sesión era menos un lugar de revelación que un marco; un límite que ordenaba.
A veces hablaba de situaciones concretas: encuentros, gestos, pequeñas escenas cotidianas. Otras, dejaba frases suspendidas, incompletas, como si no buscaran ser comprendidas sino apenas escuchadas. Como si bastara con que alguien las recibiera para que no se deshicieran en el aire.
El terapeuta escuchaba. Interrumpía poco. Sabía —o intuía— que en Mariel toda explicación demasiado cerrada corría el riesgo de convertirse en refugio, y que poner nombre a las cosas, más que abrirlas, solía servirle para mantenerlas a distancia.
Primera muerte
Mariel llegó esa vez con un leve desajuste en el ritmo. No en el cuerpo, no en la voz, sino en la cadencia de las frases, como si algo hubiera irrumpido y todavía no encontrara lugar.
—Conocí a alguien. Se llama Elías —dijo, casi al pasar.
—¿Elías? Qué interesante.
—No es importante —agregó enseguida—. Quiero decir… no en el sentido habitual.
Silencio.
—¿En qué sentido, entonces?
—En el de… alterar el orden— buscó una nueva expresión— de desacomodar cosas que estaban estables.
—¿Qué cosas?
—Los tiempos. Las expectativas. Los procesos. Las decisiones que uno creía ya tomadas —Se acomodó en la silla.
—Cuando aparece algo así, me cuesta saber si lo que siento es real o es parte de… —hizo un gesto vago— un proceso.
—¿Qué proceso?
—De repetición. De proyección. De reacción.
Enumeraba como si citara un manual de psicología.
—Un terapeuta me dijo una vez que, con mi historia, es esperable que me confunda cuando alguien se acerca demasiado.
—¿Y usted qué piensa?
—Que tiene sentido. Da tranquilidad que tenga una explicación.
—¿Tranquilidad frente a qué?
—Frente a tener que decidir.
Se hizo un silencio más largo.
—Si es algo que “padezco”, entonces no soy yo la que elige.
—¿Y si fuera una elección?
Mariel tardó en responder.
—Sería distinto. Más… comprometido.
—¿Y eso le inquieta?
—Me desordena.
—¿Por qué?
—Porque cuando algo no está previsto en mis esquemas, no sé dónde ubicarlo.
Volvió al gesto de encajar piezas.
—Ponerle un nombre ayuda. Ansiedad. Transferencia. Mecanismo de defensa o disociación. Da lo mismo
—¿Y qué hace ese nombre?
—Le da marco. Lo vuelve tratable.
—Cuando algo queda dentro de un cuadro —continuó— deja de ser una amenaza.
—¿Qué amenaza?
—La de que sea… otra cosa.
—¿Otra cosa como qué?
Mariel bajó la voz.
—Como el deseo.
El terapeuta no reaccionó.
—Prefiero pensar que es una respuesta a mi historia, no algo nuevo.
—¿Por qué?
—Porque lo nuevo exige… —buscó— presencia.
—¿Y la presencia?
—Compromete.
—Si lo traduzco a términos clínicos —agregó—, puedo esperar. Puedo observar. No tengo que moverme.
—¿Y si no lo hiciera?
—Tendría que hacerme cargo.
El silencio se volvió denso.
—Cuando algo tiene explicación, se puede postergar.
—¿Y cuando no?
—Da miedo.
—¿Por qué?
—Porque obliga.
Miró al terapeuta un instante.
—A estar.
Mariel se levantó al final de la sesión con una calma recuperada. No porque lo que había irrumpido hubiera desaparecido, sino porque había sido nuevamente encuadrado. Nombrado. Devuelto al territorio donde nada exige decisión, donde todo puede ser comprendido, y donde el riesgo de elegir queda suspendido bajo la forma tranquilizadora de un diagnóstico posible.
Segunda muerte
Mariel llegó a esa sesión con una serenidad que no era calma, sino control. Se sentó, acomodó la cartera a un costado, cruzó las manos sobre el regazo. Todo en ella parecía en orden, como si hubiera decidido de antemano qué podía decirse y qué no.
—Volví a verlo —dijo.
El terapeuta aguardó.
—No pasó nada —aclaró enseguida—. O mejor dicho, pasó lo que tenía que pasar.
—¿Qué era lo que tenía que pasar?—Nada extraordinario. Una conversación. Un café. Cosas simples.
Hizo una pausa.
—Demasiado simples, tal vez.
—¿Por qué “demasiado”?— Mariel sonrió apenas.
—Porque cuando algo es así de… fácil, uno empieza a desconfiar.
—¿De qué? —De que sea real.
Silencio.
—No hizo nada mal —continuó—. Al contrario. Fue respetuoso, atento, claro.—¿Y eso qué le produjo?—Incomodidad.
—¿Incomodidad por qué? —Porque no había de qué defenderse.
—Cuando alguien no exige nada —dijo—, cuando no presiona, cuando no invade… Se interrumpió. —Es raro.
—¿Raro en qué sentido? —En el de que no encaja con lo que una espera.
—¿Qué espera usted? Mariel tardó en responder.
—Complicaciones. Dudas. Algún tipo de… costo.
—¿Y si no lo hubiera? —Entonces algo está mal distribuido.
El terapeuta dejó que la frase quedara flotando.
—A veces pienso que cuando algo parece bueno desde el comienzo —agregó—, es porque todavía no mostró su verdadera cara.
—¿Y eso la lleva a…? —A no confiar.
—¿A retirarse? —A esperar.
—¿Qué cosa? —El momento en que se arruine.
—Prefiero no entusiasmarme —dijo—. —¿Por qué? —Porque después es más difícil volver atrás.
—¿Volver atrás de qué? —De haber creído.
Se acomodó en la silla.
—Es como si algo en mí dijera: “No te apures. No tomes esto como verdadero. Todavía no”.
—¿Y qué pasa mientras tanto? —Nada. Se sostiene una distancia.
—¿Una distancia de qué tipo? —La suficiente para no ilusionarse.
—¿Y la ilusión? —Es peligrosa.
—¿Por qué? —Porque promete.
—Cuando alguien parece demasiado… disponible —continuó—, me pregunto qué no estoy viendo. —¿Y si no hubiera nada oculto? Mariel negó suavemente con la cabeza.
—Siempre hay algo que no se ve. —¿Y si no? —Entonces soy yo la que no debería estar ahí.
El terapeuta no corrigió.
—No digo que no me importe —aclaró—. —¿Entonces? —Digo que me cuido.
—¿De qué? —De creer que algo así podría sostenerse.
Se hizo un silencio más largo.
—Cuando algo es bueno de entrada —concluyó—, parece un adelanto. —¿Un adelanto de qué? —De algo que después hay que pagar.
La segunda muerte ocurre cuando el bien es tratado como anticipo de una pérdida. Mariel se levantó al final de la sesión con la misma prolijidad de siempre. Había vuelto a colocar las cosas en su sitio: la expectativa en suspenso, el deseo bajo observación, la posibilidad guardada en una zona donde no pudiera comprometerla. No había negado lo que había aparecido; simplemente había decidido no darle estatuto de realidad.
Tercera muerte
Mariel llegó esa vez con un silencio distinto. No era el silencio contenido de otras sesiones, ni el que acompaña una elaboración lenta. Era un silencio ya decidido, como si algo hubiera sido cerrado antes de ser dicho.
Se sentó, dejó el abrigo sobre la silla, cruzó las piernas.
—Ya no lo veo —dijo.
El terapeuta esperó.
—No porque haya pasado algo —agregó—. Simplemente… cada uno siguió con lo suyo.
—¿Y eso cómo lo vive? Mariel pensó unos segundos.
—Como corresponde.
—¿Qué corresponde? —Que las cosas no duren más de lo que pueden.
—¿Y cuánto podían durar? —Lo justo.
—¿Qué es “lo justo”? —Lo que no compromete.
El silencio volvió a instalarse.
—Había momentos —continuó— en que parecía que algo podía quedarse. —¿Y eso? —Eso era lo problemático.
—¿Por qué? —Porque yo no soy un lugar donde las cosas se quedan.
El terapeuta levantó apenas la vista.
—¿Qué quiere decir con eso? Mariel buscó las palabras con cuidado.
—Algunas personas están hechas para que otros se apoyen, descansen, permanezcan. —¿Y usted? —Yo estoy hecha para que pasen.
—No es tristeza —aclaró—. —¿Qué es? —Adecuación.
—¿A qué? —A lo que soy.
—¿Y qué es usted? Mariel respiró hondo.
—Alguien que no ofrece… continuidad.
—¿Por qué no? —Porque no sería justo para el otro.
—¿Injusto en qué sentido? —En el de hacerle creer que puede quedarse.
—¿Y no podría? Mariel negó suavemente con la cabeza.
—No conmigo.
Se produjo un silencio largo, espeso.
—Hay personas que pueden recibir amor sin sentirse en deuda —dijo al fin—. —¿Y usted? —Yo sentiría que tengo que devolverlo.
—¿De qué manera? —Con algo equivalente.
—¿Y qué sería equivalente al amor? Mariel no respondió de inmediato.
—Dolor —dijo finalmente—. O pérdida.
—Por eso es mejor que no empiece —continuó—. —¿Qué cosa? —Nada que después no pueda sostener.
—¿Y qué no podría sostener? —Que alguien me elija.
El terapeuta permaneció en silencio.
—Hay quienes nacen para ser elegidos —agregó—. —¿Y usted? —Yo nací para otra cosa.
—¿Para qué? —Para no ocupar demasiado lugar.
—¿Y el amor ocupa lugar? —Siempre.
—¿Y eso es un problema? —Para mí, sí.
—No es que no me importe —dijo—. —¿Entonces? —Es que no me creo capaz de sostener eso sin romper algo.
—¿Qué cosa? —El orden.
—¿Qué orden? —El que conozco.
Se quedó mirando un punto fijo.
—Si alguien se queda, todo cambia. —¿Y cambiar sería…? —Perder el control.
—¿Y perder el control? —Deberle algo a la vida.
El silencio se cerró sobre la frase.
La tercera muerte ocurre cuando el amor es vivido como exceso y la pertenencia como culpa. Mariel se levantó despacio al final de la sesión. No había dramatismo en su gesto, ni duelo visible. Solo una forma de asentimiento, como si hubiera confirmado una vez más una ley antigua: no ser el lugar donde algo bueno pueda permanecer, no ofrecerse como espacio de elección, no permitir que el amor encuentre en ella una morada.
Y en esa convicción —sobria, sin estridencias—, la vida quedaba a salvo, pero también, una vez más, retirada.
Hubo una sesión —no sabría decir cuál— en la que el terapeuta comprendió que Mariel no venía a hablar de la muerte. Tampoco de sus intentos, ni de su dolor, ni siquiera de su historia. Venía, más bien, a sostener un cumplimiento, una forma que ya había sido retirada antes de ponerse en juego. Una obediencia silenciosa a reglas que nadie le había impuesto, pero que ella sostenía con lealtad inquebrantable.
Pensó entonces que no todo suicidio es un gesto extremo. Existen muertes prolijas. Muertes que no interrumpen la vida, pero la adelgazan. Vidas vividas en reserva, sin exceso, sin riesgo, sin abandono. Vidas donde el dolor se vuelve identidad, la renuncia una forma de prudencia y el sacrificio un modo discreto de estar a salvo.
La aparición de aquel otro —no importaba ya su nombre— había introducido una grieta. Algo había asomado allí donde todo parecía ordenado: una posibilidad, un mensaje, una promesa que no pedía explicación sino presencia. Y fue precisamente frente a esa posibilidad donde Mariel retrocedió. No por miedo a perder, sino por una certeza más antigua: la de no ser el lugar donde algo así pudiera quedarse.
Morir sin vivir —pensó el terapeuta— no es desaparecer, sino retirarse antes de ser alcanzado. No es dejar de respirar, sino negarse al riesgo de ser elegido. Es aceptar la existencia bajo la condición de no esperar nada de ella, de no deber nada a nadie, de no permitir que algo bueno comprometa. Permanecer, pero a resguardo. Cumplir, pero sin exponerse.
No supo si Mariel alguna vez saldría de esa lógica. Tampoco si era su tarea hacerlo. Pero entendió que, mientras el amor siguiera siendo vivido como exceso, como error, la vida continuaría siendo sospechosa. Y que quizá vivir —vivir de verdad— no consistiera en dejar de sufrir, sino en aceptar la posibilidad de no pagar con retirada cada vez que algo se ofrecía como don.
La sesión terminó como tantas otras: sin conclusiones, sin gestos finales. Mariel se fue en silencio. El terapeuta permaneció un momento más, con la intuición persistente de que hay personas que no mueren porque deseen desaparecer, sino porque nunca se concedieron el derecho de ser el lugar donde alguien pudiera quedarse.
Entonces ¿Es posible vivir sin morir? ¿Qué implicaría? ¿Comenzar de nuevo? ¿Olvidar? ¿Dejar de convertir cada herida en identidad, cada falta en destino, cada explicación en refugio?
Vivir sin morir es olvidar el sentido que otorga el dolor. Es separar la existencia de las marcas de la propia historia dolorosa. No todo dolor debe ser explicado, ni todo gesto absuelto. Hay experiencias que piden ser atravesadas sin convertirse en relato existencial. Vivir sin morir es permitir que lo bueno ocurra sin precio, sin sabotaje ni sospechas de legitimidad.
Vivir sin morir es vivir expuesto, abierto, vulnerable. Renunciando a la protección que ofrecen los diagnósticos, la culpa y el sacrificio. Arriesgar a desear sin garantías, a fallar sin absolución, a existir sin coartadas.
Tal vez vivir sin morir sea eso: no dejar de sufrir, sino dejar de morir cada vez que la vida exige ser vivida.

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